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La caña

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Eugenio nunca imaginó que, después de graduarse de ingeniero y estar trabajando en una de las obras más importantes del país, tendría que ir a la agricultura y mucho menos a… la caña.

Pero lo cierto es que cada año, uno o dos meses antes de que la gramínea alcanzara su máximo dulzor, se creaba en la Empresa una Comisión integrada por la Administración, el Sindicato, el Partido, y la UJC. El orden no importa porque, como se sabe, no altera el producto. La misión de La Comisión consistía en entrevistar a cada trabajador que tuviese una M marcada en la casilla SEXO de su carné de identidad, y preguntarle su disposición a integrar la Brigada que nos representaría en el corte de caña de la venidera zafra azucarera.

Una respuesta negativa podía traer como consecuencia un mal rato en la siguiente reunión del Comité de Base, o peor, podía convertirse en un duro escollo en tu superación técnico profesional. La lógica de La Comisión era aplastante: “Si tus problemas personales te impiden ir a la caña, entonces también te impiden salir a un viaje de entrenamiento”.

No todos podían hacer lo que el flaco, que se quitó la camisa y mostrando su costillar, émulo de Rocinante, preguntó: ¿De verdad que ustedes piensan que yo puedo ir a cortar caña? No les quedó más remedio que liberarlo. Nada que ver con Eugenio que siempre se había preocupado por su apariencia personal y el ejercicio físico, incluso llegó a tener un romance con las pesas en su época de preuniversitario… hasta que apareció aquella trigueña. Además, la comisión no era capaz de comprender que una cosa es el gimnasio y otra bien diferente el cañaveral.

Así que, llegado el momento de la encerrona, digo, de la entrevista, Eugenio tragó en seco y balbuceó un sí. Luego, al salir, y aunque era un ateo consumado, colocó ofrendas en todos los altares e hizo promesas a todas las deidades para que lo ayudaran a no ser elegido.

Por suerte para él había muchos compañeros valiosos dispuestos para la tarea, gente buena y de trabajo. A fin de cuentas, ser miembro la Brigada era merecedor de numerosos estímulos y reconocimiento social. A la Empresa pocas veces se le elogió por sus logros productivos, pero invariablemente cada año se destacaba su buen desempeño en la zafra. Así que el día que abanderaron al colectivo Eugenio no estaba, pero la cosa no terminaba ahí porque faltaba… El Apoyo.

El Apoyo consistía en un grupo de elegidos que, sin ser de la Brigada permanente, acudían al corte por al menos quince días para aportar algunas arrobas extras. Lo que sucedía es que, contrario a la Brigada que era bien equipada y avituallada, El Apoyo iba con medios propios. Así que Eugenio se presentó en el campo con unas botas de media suela, unos guantes de peluquera, sin lima, y con una mocha prestada con la que habían privado a Lucifer de sus atributos masculinos.

Lo primero que notó fue que los macheteros permanentes pasaban a su lado derribando caña a la velocidad con la que años más tarde correría Usain Bolt por la pista del Estadio Olímpico de Berlín. Desde el principio Eugenio se preocupó por cumplir las normas técnicas, bien abajo y bien arriba, sobre todo bien abajo no sea que bautizaran un campo con su nombre como había sucedido en la zafra anterior con Pulido.

Por las noches, en el albergue, podían verse las escenas más surrealistas, desde que se iban a cambiar las sábanas, pero entre los propios cañeros porque las limpias no habían llegado, hasta alguien que, viendo las aventuras de las siete y treinta, saltase de su silla con entusiasmo afirmando que, al fin, había descubierto que El Zorro era Don Diego.

Una mañana sintió un ardor en su mano, al retirar el guante vio que las ampollas se habían reventado, tardarían una semana en convertirse en callos, pero para esa fecha ya no estaría allí. Miró al cielo y vio el sol sobre su cabeza, luego miró el tajo de caña que se perdía en el horizonte y recordó las palabras de su abuelo cuando le decía “Eugenio estudia, mira que si no estudias vas a tener que ir pa’ la agricultura”.

Cumplidos los quince días y al regresar a la Empresa nadie lo felicitó, ni le hicieron un reconocimiento, al final solo había cumplido con su deber. Hasta algunos despistados, al verlo quemadito por el sol, supusieron que había estado en Varadero. Ese mismo día le orientaron que fuera para el teatro, pues un funcionario del Comité Provincial del Partido impartiría una conferencia sobre economía cubana.

El especialista comenzó diciendo que gracias a las oportunidades que trajo La Revolución muchos campesinos marcharon a la ciudad provocando escases de mano de obra en el campo. Había un plan para rescatar esta mano de obra creando condiciones a los trabajadores agrícolas, viviendas, por ejemplo.

El conferencista continúo con una pregunta “¿Saben ustedes cuál fue el ministerio que más viviendas construyó el pasado año?” Y él mismo dio la respuesta “El Ministerio del Azúcar”. Se escuchó un murmullo en la sala mientras que el funcionario atacó con otra pregunta “¿Y saben ustedes cuál fue el ministerio que más caña cortó el pasado año? El Ministerio de la Construcción”.

Se sintió una gran exclamación en la sala, algunos intercambiaron miradas cómplices mientras que otros, incrédulos, movían la cabeza de un lado a otro. Eugenio se hundió en su asiento, sintió que se le nublaba la vista y le zumbaban los oídos, a partir de ese momento no escuchó nada más de la conferencia.

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