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Los viajes de entrenamiento (I)

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Una de las motivaciones que tenían los jóvenes para ir a trabajar a su obra de choque, la obra del siglo, la construcción de la primera Central Electronuclear de Cuba, era la posibilidad de ganarse un viaje de entrenamiento al extranjero. Aunque muchos no lograron subirse al aerodinámico tubo de aluminio, en esa época, era el lugar del país donde se hacía menos difícil conseguirlo.

 Un viaje al extranjero era el non plus ultra, la cúspide de la realización personal, el orgullo para tu familia, la admiración de tus amigos, y la envidia de tus enemigos. O sea, de aquellos que pensaban que debían haber viajado en tu lugar.

 No eran tiempos de Decreto-Ley 302 (la reforma migratoria de Raúl Castro) ni de tarjeta de compras en Panamá. La única tarjeta era la “tarjeta blanca”, el permiso de salida que exigía Cuba, como todo país comunista de la época que se respetara. En realidad, no salíamos de viaje, nos mandaban de viaje.

 La ventaja era que no tenías que vender tu vivienda para adquirir pasaporte, visa, pasaje y hospedaje, sino que “Papá Estado” se encargaba de darte un presupuesto para cubrir tus gastos, y ese presupuesto bien administrado, más bien ahorrado hasta la médula, se convertía en el botín, la razón de ser de todo cubano que viaja y regresa: La pacotilla.

 Y eso que no eran tiempos difíciles en el aspecto material. Una pareja de profesionales recién graduados, con uno o dos años de moderado ahorro, podía equipar su vivienda con una lavadora Aurika, un refrigerador INPUD y un flamante televisor Krim 218, para disfrutar de los dos únicos canales de la televisión cubana. Mejor que Panamá que, decían, tenía un canal.

 Lo cierto es que cientos de trabajadores que laboraban en la construcción de la Central de Juraguá, o se preparaban para su operación, fueron enviados a cursos de adiestramiento en el extranjero. La inmensa mayoría a la URSS, al Centro de Entrenamiento de Novovoronezh, y a la Central Electronuclear de Rovno. Los grupos iban y venían, de manera que siempre permanecía una colonia de guajiros cubanos en tierra soviética.

 También se daban viajes a otros países del este europeo, aunque en menor cantidad, y menor aún, a algunos países capitalistas.

 Con la caída del “socialismo real”, la interrupción de los programas de cooperación y la paralización de la obra, los viajes se redujeron drásticamente. Solo quedaron en el marco del Organismo Internacional de Energía Atómica y el Estudio de Factibilidad que se hacía con vistas a reanudar la construcción.

 En esa etapa los que salían de viaje tenían que salir “vestidos”. O sea, provistos con documentos, informes y resúmenes del estado de la central según el Estudio. Ya habían irrumpido con fuerza las computadoras que, en otras latitudes, sirvieron para reducir la cantidad de papeles, pero curiosamente en la isla trajo el efecto contrario.

 Al acto de elaborar los citados documentos se le comenzó a llamar “hacer la ropa” o “hacer la maleta” del que iba a viajar. Muchos especialistas terminaron sus días en Juragúa “haciendo maletas” y esperando que les llegara un viaje. Hasta aquel fatídico diciembre del año 2000 cuando, oficialmente, se abandonó el proyecto.

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